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Hombre de Dios – (Por: Ernesto Silva Rodríguez, Pbro.)

Hombre de Dios - (Por: Ernesto Silva Rodríguez, Pbro.)

Hay una frase del beato Santiago Albernione que me ha llamado la atención y que quiero colocar al inicio de ésta reflexión:  “Las obras de Dios se realizan con los hombres de Dios”.


Monseñor Jaime, desde mi perspectiva —y respetando muchas y diversas opiniones— considero que fue un hombre de Dios que pudo realizar una extraordinaria obra de Dios en ésta Iglesia particular de Barrancabermeja.   Me quiero situar como una persona que trabajó con él en la dirección pastoral de la Diócesis y que viviendo en su casa (residencia episcopal) puedo dar este testimonio. De algunos aspectos sobresalientes de su vida.


Dejo a la libertad de opiniones en todos los demás aspectos que se podrían hacer sobre él, pues era una persona plurifacética y cada quien tendrá sus ángulos propios para resaltar, analizar.


A nivel personal me pareció un “Hombre de Dios”, por ser humano ante todo, excelente amigo, persona extraordinaria, con mucha fortaleza y gran motivación para el trabajo intelectual.    Cercano a Dios, a la Iglesia, a su comunidad, a sus sacerdotes, a su familia, a los diálogos sociales, empresariales, políticos. respetuoso de sus decisiones. Llevaba muy dentro de sí, el aprecio por su hermana, hermanos y familiares.



“Hombre de Dios” por sus múltiples dotes humanos que le facilitaban su proyecto de vida, que era uno con él, clarísimo y profundo en el proyecto diocesano de renovación y evangelización.     En general tenía una personalidad tranquila, pacífica, pero llevaba por dentro todo el interés de la promoción humana y social, lo que le hacía sacar desde su ser personal el liderazgo, su entereza, firmeza, que algunos calificaron de autoritarismo.


“Hombre de Dios” pues se dejaba guiar por el Señor, procurando ser muy claro en lo que quería, muy humano y sobre todo que le gustaba el diálogo, trabajar en equipo, construir y establecer la espiritualidad de comunión.     Hubo momentos de trabajo que se reflejaba en él, la persona de confianza, se apoyaba en su equipo de trabajo, preparaba, consultaba, delegaba y esperaba con aprecio los aportes que le hacían.


“Hombre de Dios” porque tenía notables virtudes humanas, cristianas y sacerdotales. Prudente, recto, sobrio, amigable, confiable, pedagogo, etc.      Hubo muchos momentos difíciles al interno de la Iglesia, del presbiterio, de la sociedad y siempre recogía y retomaba los aportes que se le hacían.     También, por su formación teológica, que le daba bases muy sólidas, era un sociólogo, serio y profundo; era una persona creativa. “El mundo cambió” nos decía.     Tenemos que responder al mundo con sabiduría, con la fuerza y la acción del Espíritu en nosotros.    Hombre genial para resolver los problemas y las encrucijadas. Para enfrentar los retos.


Todo el interés del proyecto pastoral, implicó un iniciar casi desde cero, pues esa metodología no la conocíamos en la práctica,     Monseñor Jaime, trabajó por formar, educar y desarrollar un trabajo de diálogo, de construcción entre todos, de avanzar lentamente pero con seguridad en una nueva organización pastoral estructural que cubría desde el nivel personal hasta los espacios comunitarios, participativos.    Fue un enorme desgaste, pero tuvo sus logros y satisfacciones.    También, claro, los problemas y dificultades de ese empeño que exigía demasiado de cada uno y de los grupos. Monseñor Jaime llevó con mucho empeño y con un gran compromiso personal su liderazgo.


“Hombre de Dios” por dedicar tiempo a prepararse, a leer, a investigar, a consultar…


“Hombre de Dios”, pues humanamente lo vi y lo acompañé a compartir momentos de gran familiaridad, amigo de diversas familias cercanas, le gustaba compartir en reuniones, cercano a cada una de las situaciones de buenas relaciones humanas y sacerdotales.    Sencillo, alegre.   Tenía la capacidad para acercarse a los demás.   Tenía enormes habilidades para tener relaciones con las autoridades y con cualquier grupo social, político y religioso.     Se caracterizaban por el respeto y la autonomía, pero a la vez con la sencillez de un amigo.    Fácilmente asistía a una casa familiar, a un restaurante cuando lo invitaban y en otras era él mismo el que invitaba.    Creó muchos momentos de encuentro y de celebración con los sacerdotes.


“Hombre de Dios” para el mundo de hoy, pues tenía una excelente preparación cultural competente y actualizada.   Se expresaba muy bien en temas actuales de nuestra realidad, de educación, de la familia.    Tenía conocimiento y juicio sobre los problemas de hoy.   Cuando producía documentos, denuncias, estudios, lo hacía con gran profundidad y responsabilidad teológica, eclesiológica y sociológica.    El marco que caracterizó su trabajo siempre fue de ser respetuoso del Magisterio de la Iglesia, al Santo Padre.    Uno de los momentos cumbre fue su preparación y participación en la Conferencia Episcopal Latinoamericana en Aparecida.


“Hombre de Dios” por su espiritualidad.   Todos los días se le encontraba en su capilla en las primeras horas del día, fortaleciéndose en su fe, visitaba el Santísimo.    Nunca celebró la Eucaristía sólo, siempre procuraba asistir a la Catedral La Inmaculada. Cuando las circunstancias le impedían asistir a la Catedral, celebraba con otras personas que invitaba (las religiosas que le acompañaron, personal de servicios y/o algún visitante).   Vivía la espiritualidad de comunión como un estilo de vida, una manera de pensar y de ser “Hombre de Dios”.


Pastoralmente lo distinguí como un “Hombre de Dios” con gran capacidad, servicial, confiable, empeñoso, constante.   Su liderazgo lo llevó a tener algunas dificultades. Esperaba mucho del que confiaba.   Experimenté que le costaba trabajo entender a los que iban con engaños o mentiras.    A los que no tenían palabra suficiente para cumplir sus tareas o compromisos.   Ahí fue donde experimenté que fácilmente acudía a otra persona para tratar esa situación.    En varios momentos acompañé situaciones delicadas y luego él escuchaba sobre la intervención que uno había hecho y se ponía al frente del caso.    En algunas oportunidades dejando su intervención.


Tuvimos grandes momentos masivos colectivos que fueron un gran indicador de su trabajo y liderazgo.    Movió la Diócesis, hubo presencia en muchos de esos eventos de todas las Parroquias y las Vicarias foráneas.    Culmen de ese gran esfuerzo fue la “Semana de la fraternidad”, algunos congresos diocesanos, cursos a diversos niveles como los sindicales, el magisterio, el de presupuesto participativo, etc.


Uno de los aspectos sobresalientes fue su capacidad para gestionar con las autoridades, empresas, tanto a nivel nacional como internacional.    La Diócesis que se caracterizaba por su pobreza y límites económicos muy pronto tuvo el apoyo de grandes proyectos que facilitaron el trabajo pastoral de las diversas comisiones diocesanas. Nunca se aprovechó de esos recursos para otra cosa diferente que no fuera lo pastoral. En algunas circunstancias que se necesitaban recursos, fui testigo de poner recursos económicos propios, sin pedir ninguna contraprestación, ni reclamar pago alguno.   Por eso y mucho más Monseñor Jaime Prieto Amaya, fue un “Hombre de Dios”.


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ERNESTO SILVA RODRIGUEZ, Pbro.     Párroco, Parroquia Nuestra Señora del Carmen del Barrio Palmira.   Diócesis de Barrancabermeja.


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