¿Doble militancia en Barrancabermeja?

La ya compleja situación jurídica y electoral de Erwin Jiménez, suma un nuevo capítulo que ha encendido el debate político local y regional.

Hay un asunto que resulta particularmente complicado de explicar en época electoral, sobre todo cuando la vieja clase política local comienza a agitar las banderas de lo regional y de las supuestas luchas históricas que, según ellos, como territorio deberíamos dar para reclamar lo que nos han arrebatado durante décadas desde el poder central.

Luego de que José Obdulio Gaviria compartiera en su perfil de X una columna firmada por el colectivo Los Irreverentes, se reavivó una de las controversias más profundas al interior del Centro Democrático.

Sucedió lo que se había anticipado. No hacía falta ser prestidigitador ni adivino para advertir el alto riesgo que corría Adith Romero al frente de la Dirección de la Unidad para las Víctimas, bajo unas órdenes políticas difusas y marcadas por la influencia en la sombra de figuras como Gustavo Moreno y Alfonso Eljach.

No hay nada más peligroso en Colombia que un político neoliberal de derecha disfrazado electoralmente como “centro político”.

Un grupo de analistas políticos y jurídicos encendió el debate electoral en Santander al advertir, con base en fallos del Consejo de Estado, sobre la presunta inminente inhabilidad del aspirante a la Cámara de Representantes por el partido Cambio Radical, el barranqueño Erwin Jiménez Becerra.

Luego de la columna de Ana Bejarano en Cambio, en la que recordó el papel de Abelardo de la Espriella como abogado defensor de DMG, las reacciones no se hicieron esperar.

Hay que decirlo sin titubeos: nadie que se considere liberal y miembro del Partido Liberal Colombiano puede actuar con sinceridad y coherencia si vota por alguien como Horacio José Serpa, cuya trayectoria política terminó resumida en una fotografía “muy especial para Serpa” junto al actual Secretario de Estado de los Estados Unidos, Marco Rubio, figura ultraconservadora y referente del Tea Party.

Es increíble el afán —o más bien el desespero— de ciertos sectores de la derecha neoliberal por demostrar, a toda costa, que aumentar el salario mínimo es dañino para la economía y para la gente trabajadora.