
Resulta cada vez más difícil sostener ese eslogan cuando se observan sus actuaciones recientes. Durante todo un fin de semana, Sergio Fajardo se dedicó a hablar mal de Iván Cepeda, no a presentar propuestas propias ni a debatir ideas de fondo para el país.
Lo hizo, además, en una entrevista con Yesid Lancheros de la Revista Semana, un medio claramente opositor al llamado gobierno del cambio, donde encontró un escenario cómodo para descalificar sin mayor contrapregunta crítica.
Allí afirmó que Cepeda “no habla, porque el que habla es Petro”, una afirmación fácilmente desmontable.
Iván Cepeda ha recorrido plazas públicas, ha concedido entrevistas y ha expuesto sus propuestas de manera directa y constante. Fajardo, en contraste, no ha hecho una sola plaza pública comparable ni ha puesto sobre la mesa un proyecto político claro. El que calla no es Cepeda.
Más grave aún fue la afirmación de que Cepeda “representa este gobierno y por lo tanto representa la corrupción”.
Se trata de una falacia burda que pretende borrar de un plumazo la trayectoria de un senador reconocido por su lucha contra el paramilitarismo, la defensa de las víctimas y la coherencia ética en la política. No hay una sola prueba que sustente semejante acusación.
Es un ataque que busca estigmatizar, no debatir.
Cuando Fajardo insinuó que Petro le hace campaña a Cepeda, el periodista le siguió el juego con un alarmismo calculado: “uy, gravísimo que un gobierno haga campaña”.
Todo dicho en clave de escándalo, aunque no exista ilegalidad ni novedad alguna en que figuras políticas expresen afinidades. Paradójicamente, Cepeda apenas ha mencionado a Fajardo, y cuando lo hizo fue para decir que estaría abierto al diálogo. Esa es la diferencia entre quien propone puentes de verdad y quien solo los invoca retóricamente.
Fajardo ataca, descalifica y divide, pero insiste en presentarse como el candidato que no polariza.
Esa es la doble moral del candidato tibio que busca construir “nuevas mayorías” no para transformar el país, sino para defender el status quo sin uribismo. Lo que realmente incomoda a Fajardo de la polarización es que no sea él el eje alrededor del cual gira.
Lo más paradójico es que, si Fajardo pasa a segunda vuelta, el país inevitablemente se polarizará entre dos proyectos. En ese escenario, Fajardo encarnaría el antipetrismo, es decir, la defensa del orden existente frente a las reformas sociales.
Y para ganar necesitaría, sin rodeos, los votos del uribismo y de la derecha en pleno. Sin esos votos no hay victoria posible. Así de irónica es su posición.
Desde la portada de Semana, Fajardo volvió a llamar “extremo” al progresismo.
¿Extremo? Extremo es sacar a 2,6 millones de personas de la pobreza, dignificar el ingreso de soldados y policías, entregar bonos a los mayores y garantizar tierra a los campesinos. Si “ser centro” significa quedarse quieto mientras el país enfrenta decisiones históricas, entonces ese centro no sirve.
Colombia no necesita tibiezas. Necesita convicción, coherencia y decisiones valientes. Eso es el progresismo. Y el país merece algo distinto a quienes solo quieren cambiar los nombres del poder para que, en el fondo, nada cambie.





