
El reciente revés electoral de la bancada progresista dentro del Partido Verde en Santander ha abierto un debate necesario sobre las decisiones que llevaron a un proyecto que parecía sólido a terminar en un fracaso contundente el pasado 8 de marzo.
Lo que en un inicio se perfilaba como una apuesta ganadora terminó desdibujándose por errores estratégicos y un contexto político adverso que no fue correctamente leído por sus protagonistas.
Según diversos analistas, uno de los principales desaciertos fue la fragmentación interna.
La decisión de competir con dos fórmulas distintas, en un escenario donde el caudal electoral apenas alcanzaba para una, resultó determinante.
Esta división no solo dispersó los votos, sino que debilitó la percepción de unidad y coherencia ante el electorado.
En política, especialmente en sectores emergentes, la cohesión suele ser clave, y en este caso la falta de acuerdos internos terminó costando caro.
A este error se sumó un problema de fondo relacionado con la identidad partidaria.
Aunque la bancada impulsaba un mensaje claramente progresista y de lucha contra la corrupción, su participación bajo el paraguas del Partido Verde generó contradicciones difíciles de ignorar.
Este partido venía arrastrando un desgaste significativo debido a escándalos de corrupción y, además, una parte importante de su bancada en el Congreso había adoptado posiciones contrarias a las reformas sociales promovidas por el gobierno progresista.
Esta incoherencia entre discurso y estructura partidaria generó desconfianza en un segmento clave del electorado.
Temor a votar por el Partido Verde
Muchos votantes potenciales, que simpatizaban con las propuestas de la bancada, optaron por abstenerse.
El temor a respaldar indirectamente a un partido percibido como dividido y, en parte, contrario al cambio, terminó afectando de manera decisiva los resultados.
Así, el mensaje progresista perdió fuerza al no lograr diferenciarse con claridad del vehículo político que lo representaba.
El resultado final deja un sabor amargo para el progresismo colombiano.
Se trataba de cuatro figuras cercanas a la ciudadanía, con credibilidad y un discurso necesario en tiempos de desconfianza institucional.
Sin embargo, errores relativamente simples en estrategia y lectura del contexto bastaron para frustrar una oportunidad importante.
Aun así, el panorama no es completamente negativo.
Su juventud y el capital político les abren la puerta a una posible recuperación. En política, las derrotas también son aprendizaje, y cuando se combinan convicción, cercanía con la gente y capacidad de rectificación, siempre existe la posibilidad de una revancha.





