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La historia del Padre Rosero en el barrio Palmira

La historia del Padre Rosero en el barrio PalmiraLo que hoy conocemos como el barrio Palmira, eran unos lotes baldíos que con el correr de los años fueron habitando muchas familias provenientes de San Vicente, Betulia, Zapatoca, algunos antioqueños y otros de la costa Atlántica.

 

Un personaje que fue parte de la vida del barrio Palmira durante más de 40 años, fue el conocido sacerdote jesuita, Ignacio León Rosero Rivera, conocido popularmente como «El Padre Rosero», pues en su templo bautizó, casó y despidió a varias generaciones de habitantes de este céntrico sector de nuestra ciudad.

 

«El Padre Rosero», nació en la fría población de Túquerres (departamento de Nariño) el 8 de mayo de 1922, estudió para cura en el Seminario de Santa Rosa de Viterbo (Boyacá) y a la edad de 32 años, es decir en 1954, se ordenó como cura en la capital del país.

 

Una vez de sacerdote fue asignado al Seminario San Pedro Claver de Barrancabermeja en calidad de prefecto.

 

Dicen que son muchos los actuales sacerdotes, ex alumnos del Seminario, que añoran al Padre Rosero con cariño y gratitud.

 

A los dos años de estar radicado en nuestra ciudad, el señor obispo de la época, Monseñor Bernardo Arango Henao, destinó al Padre Rosero a iniciar una parroquia en el barrio Palmira.

 

Entonces el cura empezó a presidir la «Junta pro templo».

 

«Con mucho gusto, dijo un vocal, ofrezco dos mil ladrillos para el templo». «Yo, dijo el siguiente, puedo acarrear esos ladrillos en mi zorra». «Regalo seis bultos de cemento…Yo doy en plata la suma de tantos pesos… Ofrezco mis brazos para el trabajo durante un mes».

 

Le tocó al Padre Rosero el turno de hablar y de ofrecer algo para el templo, pero no se le ocurría qué. Por fortuna una señora lo sacó del apuro soplándole al oído le dijo: «Una rifa». El cura se puso de pie y dijo: «Podríamos organizar una rifa… » y la misma señora le volvió a soplar: «Un cabro» «Podríamos rifar un cabro» dijo el Padre y se sentó.

 

«Yo manejo una imprenta», anunció un vocal, «imprimiré las boletas para esa rifa». «Nosotras venderemos las boletas», ofrecieron las catequistas.

 

Se terminó la reunión; rezaron, se despidieron y se dispersaron.

 

Salió el Padre Rosero de la Junta con la obligación de conseguir un cabro. Se acercó a la primera casa y golpeó; salió una campesina y al ver al misionero de sotana blanca se alegró y lo hizo seguir. «Bienvenido, Padre, ¿qué lo trae por aquí?»

 

«Vea, señora, necesitamos un cabrito para rifarlo a favor del templo». «Aquí le tengo el cabro, respondió la mujer, se lo ofrecí a las ánimas», aseguró.

 

Condujo al Padre al patio de la casa y allí estaba el cabrito. «Cuando quiera mande por él», le dijo la emocionada vecina.

 

Al domingo siguiente iba el cabrito en carroza por las calles de Barrancabermeja, adornado con una cinta roja al cuello.

 

El cabro balaba cada cinco minutos, con lo cual se hacía propaganda.

 

Dos acólitos lo acompañaban y cuatro muchachas catequistas iban vendiendo boletas. Pero el cabrito se cansó de balar y se calló.

 

«Ahora imiten ustedes al cabro» les dijo el Padre a los acólitos. Y ellos empezaron a balar y lo hacían mejor que el cabro.

 

Todo el mundo reía a carcajadas, pero al final el Padre Rosero se salió con las suyas.

 

Al atardecer se realizó el sorteo y se contó la plata: $ 200, doscientos pesos.

 

Con esa plata se pagó la primera piedra labrada para la construcción de la iglesia de Palmira.

 

Se inició la edificación y antes de un año el templo estaba terminado y se posesionó el primer párroco de Palmira: el Reverendo Padre Ignacio León Rosero Rivera, siempre de sotana blanca.

 

Por cuenta del Padre Rosero, se logró que Ecopetrol, en el Distrito de Producción de El Centro, le donara al templo una torre de exploración petrolera que luego se instalaría al costado izquierdo de la iglesia, siendo hoy un símbolo emblemático de este barrio, pues que se sepa, es en la única parte del mundo en donde una torre petrolera sirve de campanario.

 

Al Padre Rosero se le recuerda porque por allá en los años 70, apoyó los movimientos cívicos que presionaban un eficiente servicio de agua potable para la ciudad de Barrancabermeja.

 

Cuando los manifestantes organizaban los paros cívicos que terminaban con la instalación de grandes barricadas a la salida de Barrancabermeja, llegaban al sector del As de Copas, en el cumplimiento de su deber, representantes de la Policía y del Ejército a quitar los taponamientos que cerraban la vías.

 

De inmediato los manifestantes corrían y más atrás hacían lo mismo los integrantes de la fuerza pública, sin embargo, las puertas de la iglesia «siempre estaban abiertas» para quienes dirigían la protesta y muchos manifestantes se escondían al interior del templo, que las autoridades nunca profanaron.

 

Así las cosas, entre misas en la mañana y en la tarde, confesiones, bautismos, confirmaciones, matrimonios, entierros y administración de enfermos, atender al despacho parroquial durante cuarenta años, pero sobre todo en resolver problemas de familia e intervenir en los conflictos sociales. transcurrió la vida de este querido personaje de Barrancabermeja.

 

A sus 78 años el Padre Rosero fue trasladado a la ciudad de Bucaramanga y se armó tremendo problema entre la feligresía del barrio Palmira, que se oponía a su traslado y los altos jerarcas de la iglesia que ya habían tomado una decisión irrevocable.

 

Sin embargo, pese a todo, el Padre Rosero se fue a vivir a Bucaramanga durante sus últimos 6 años; allá su actividad fue doble: vicario parroquial en el templo y asesor espiritual en «San Pedrito».

 

El Padre Rosero murió en Bucaramanga el 22 febrero de 2006.

 

A su funeral asistieron 2 obispos, 57 sacerdotes, innumerables religiosas y una inmensa multitud de fieles la gran mayoría procedentes de Barrancabermeja, la ciudad que lo acogió durante 43 años de su vida sacerdotal.

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