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La fusión que no engaña a nadie: decadencia informativa y masacre laboral en la radio colombianaBorrador automático

Cientos de puestos de trabajo se pierden, historias enteras de periodismo quedan arrasadas y un prestigio construido durante décadas se diluye por la obstinación de defender lo indefendible: el status quo y los privilegios de los poderosos, incluso cuando eso significa hacerlo en contra de la gente.

La reciente fusión de las emisoras informativas de Caracol Radio recuerda inevitablemente lo que ya había ocurrido con RCN Radio: una reestructuración presentada como modernización, pero que en el fondo revela el fracaso informativo de dos medios que durante décadas fueron referentes de la radio en Colombia. 

Lejos de ser un avance, esta decisión confirma la profunda decadencia de proyectos periodísticos que, por aferrarse a un status quo insostenible y por su oposición sistemática a las reformas sociales promovidas por el gobierno progresista de Gustavo Petro, han perdido la credibilidad de amplios sectores de la ciudadanía.

Durante años, Caracol y RCN ocuparon un lugar central en la formación de la opinión pública. 

Sin embargo, ese lugar se fue erosionando a medida que sus agendas informativas se alejaron de las preocupaciones reales de la gente y se alinearon con intereses políticos y económicos que hoy resultan cada vez más evidentes. 

La defensa cerrada de privilegios históricos y el ataque constante a cualquier intento de transformación social terminaron por desconectarlos de una audiencia que ya no se siente representada ni informada con rigor y equilibrio.

Masacre laboral

La fusión de sus emisoras no es, como se ha querido vender, una apuesta innovadora ni un nuevo formato para “mejorar” contenidos. 

Es, ante todo, una operación empresarial que trae consigo una nueva masacre laboral. Bajo el discurso de la eficiencia y la convergencia, se esconden despidos masivos que afectan a periodistas, técnicos y trabajadores que sostuvieron durante años estas redacciones. 

No se trata de recortes motivados por beneficios laborales excesivos, sino de una consecuencia directa de malas prácticas profesionales y decisiones editoriales erradas que llevaron a la pérdida de audiencia y de confianza.

Resulta necesario decirlo sin rodeos

Las emisoras no se fusionan por haber sido demasiado generosas con sus empleados, sino por haber ejercido un periodismo que muchos perciben como desinformador y hostil frente a las reformas sociales impulsadas por el progresismo. 

La paradoja es cruel. 

Muchos de los periodistas y técnicos que fueron piezas de ese engranaje informativo, utilizados para amplificar narrativas basadas en el miedo o en la tergiversación, terminan siendo hoy las principales víctimas. 

Pierden sus empleos, cargan con el descrédito y enfrentan un futuro laboral incierto, marcados por la desconfianza que ellos mismos ayudaron a sembrar.

Julito no me cuelgue 

En medio de este panorama, la figura de Julio Sánchez Cristo, rostro visible de esa red informativa que sobrevive a la reestructuración, aparece en redes sociales con mensajes cargados de ironía: “La vida es de cambios y todo vuelve al mismo punto de partida”. 

La frase, más que reflexión, resume una realidad dolorosa. Una vez más, el débil paga los errores del fuerte. 

Cientos de puestos de trabajo se pierden, historias enteras de periodismo quedan arrasadas y un prestigio construido durante décadas se diluye por la obstinación de defender lo indefendible: el status quo y los privilegios de los poderosos, incluso cuando eso significa hacerlo en contra de la gente.

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