
La figura de Sergio Fajardo y el sector del centro político colombiano que dice representar atraviesan un momento de profundo cuestionamiento.
Aunque analistas independientes reconocen su trayectoria académica, su experiencia administrativa y sus capacidades de gobierno en el pasado, hoy ponen en duda su viabilidad electoral y su pertinencia frente a la compleja realidad social y política que vive Colombia.
Estas críticas no provienen, según aclaran, de una oposición ideológica automática.
Por el contrario, varios de estos analistas aseguran haber votado por Fajardo en el pasado, cuando su discurso de renovación, decencia y gestión técnica parecía ofrecer una alternativa razonable frente a los extremos.
Sin embargo, afirman haber perdido la convicción en ese proyecto político, al considerar que no evolucionó ni supo adaptarse a un país que cambió de manera acelerada y dolorosa.
La tesis central que plantean es clara
Fajardo fue un gobernante apto para administrar dentro de los márgenes de la élite rentista y del consenso neoliberal, pero no un político capaz de ganar elecciones mayoritarias ni de construir una fuerza popular amplia.
Su perfil técnico y moderado funcionó en escenarios locales y en contextos menos polarizados, pero se mostró insuficiente en un país atravesado por desigualdades estructurales, estallidos sociales y una ciudadanía cada vez más politizada.
No sabe leer el país
El principal problema del centro que encarna Fajardo ha sido, según estas lecturas, su incapacidad para leer el “país real”.
Colombia no es solo un espacio de debate racional y de buenos modales, sino un territorio marcado por tensiones sociales profundas, conflictos históricos no resueltos y una polarización que exige definiciones políticas claras.
Fajardo habría privilegiado una supuesta superioridad moral —además cuestionada por episodios como el escándalo de la “DonBernabilidad”, que, según críticos, fue minimizado por la prensa tradicional— por encima de la comprensión de las dinámicas reales del poder.
Esta postura, lejos de fortalecer su proyecto, lo debilitó.
No logró conectar con las necesidades cotidianas de la mayoría de la población, sino, señalan sus detractores, con las expectativas de sus patrocinadores y de sectores cómodos con el statu quo.
Se le percibe como un neoliberal rentista que se reivindica a sí mismo como “decente”, pero sin ofrecer soluciones estructurales para la gente de a pie.
A ello se suma su apuesta por un proyecto personalista, centrado casi exclusivamente en su figura.
Su caída en las encuestas, sostienen los analistas, no responde a conspiraciones, sino a su aislamiento voluntario, a la falta de alianzas amplias y a su renuencia a rodearse de liderazgos que lo desafíen.
En lugar de construir colectivamente, Fajardo habría confundido independencia con soledad, reduciendo el centro a una postura moral sin músculo electoral ni capacidad de transformación.
Incapacidad para conformar alianzas sólidas
La incapacidad para conformar una lista sólida al Congreso o consolidar una coalición de centro es presentada como evidencia de esta debilidad.
Finalmente, se le critica su persistente negación de la política, pese a llevar décadas ejerciéndola. Con la dirigencia actual, concluyen, el futuro del centro político que representa Fajardo parece limitado: anclado en la defensa de políticas neoliberales rentistas y sin respuestas reales a las demandas del pueblo colombiano.





