
En los últimos meses el debate político en Colombia ha estado marcado por un fenómeno curioso: casi todos los candidatos se autodenominan de “centro”.
Esta etiqueta, que en teoría debería representar una posición moderada y equilibrada entre las distintas corrientes ideológicas, ha terminado siendo utilizada de manera cada vez más amplia y, para muchos analistas, oportunista.
Ahora todos son de centro
La desfiguración total del llamado centro político se ha convertido así en un tema de discusión recurrente en el país, especialmente cuando algunos sectores que históricamente han representado posturas de derecha o incluso de extrema derecha ahora intentan apropiarse de ese rótulo.
Para entender este fenómeno es necesario mirar lo ocurrido en las últimas tres décadas.
Durante aproximadamente 30 años, Colombia ha mantenido un modelo económico caracterizado por una fuerte orientación neoliberal y rentista.
En ese periodo, partidos tradicionales como el Partido Liberal Colombiano y el Partido Conservador Colombiano, junto con colectividades derivadas o cercanas como Cambio Radical, Partido de la U y el Centro Democrático, dominaron la escena política.
Alvaro Uribe es el responsable
En particular, el liderazgo del expresidente Álvaro Uribe Vélez marcó una etapa decisiva en la consolidación de ese modelo.
Este esquema permitió la privatización o intermediación de múltiples tributos que pagan los ciudadanos en áreas fundamentales como la salud, las pensiones, las vías, los servicios públicos y la educación.
Con ello se creó un enorme mercado de intermediación financiera que, en lugar de priorizar la calidad del servicio, tendió a concentrarse en el cobro de tarifas y en la rentabilidad del negocio. El resultado ha sido una de las sociedades más desiguales del planeta.
¿Cuáles eran las diferencias?
En ese contexto, las diferencias políticas entre los distintos partidos no se centraban tanto en el modelo económico —que en general compartían— sino en debates culturales y sociales.
Temas como el aborto, el proceso de paz, la diversidad de género, el medio ambiente o el concepto de familia eran los que marcaban las divisiones.
Así, quienes defendían la familia tradicional, se oponían al aborto, promovían la fuerza como camino para la paz y priorizaban la explotación de recursos naturales solían ser catalogados como de derecha.
Por otro lado, quienes defendían el diálogo para la paz, la libertad de género, la protección ambiental y el derecho al aborto eran ubicados en la izquierda o, en posiciones menos radicales, en el centro.
La aparición de Gustavo Petro
Sin embargo, la llegada al poder del presidente Gustavo Petro y la promoción de reformas sociales en áreas como la salud, el trabajo y las pensiones alteraron ese mapa político.
Estas reformas, defendidas también por el Pacto Histórico y por figuras como Iván Cepeda Castro, pusieron en evidencia una división más profunda: la disputa entre quienes buscan transformar el modelo económico y quienes desean preservarlo.
Centro y derecha terminaron siendo casi lo mismo
A partir de ese momento, muchos observadores comenzaron a señalar que sectores que antes se presentaban como distintos —derecha y centro— terminaban coincidiendo cuando se trataba de defender el modelo económico vigente. De acuerdo con esta visión, sus diferencias eran más estéticas o discursivas que estructurales.
Hoy, de cara a nuevos comicios, el escenario parece haberse polarizado.
Por un lado están quienes impulsan la continuidad o profundización de las reformas sociales; por el otro, quienes las critican o buscan frenarlas desde el Congreso, las cortes o los medios.
En medio de ese panorama, el llamado “centro” aparece cada vez más difuso, reclamado por actores muy distintos que apelan al discurso de la moderación y el diálogo.
Lo que ocultan
Lo que no dicen la derecha y el centro —porque no les conviene— es que los une el negocio: la intermediación financiera que los financia y el miedo a que las reformas sociales les toquen los privilegios.
Por eso se agrupan, posan de “centro”, abrazan causas que siempre despreciaron e incluso se cuelgan banderas progresistas… todo con una sola consigna: frenar el cambio y sabotear cualquier reforma social.
No caigamos en el teatro.
Los ateos no se vuelven devotos de un día para otro.
Los homofóbicos no dejan de serlo por arte de magia.
El racismo y la aporofobia no desaparecen porque sí.
Son estrategias de campaña, disfraces de ocasión, maniobras para detener transformaciones que llevan décadas pendientes. La invitación es simple: no dejarse engañar por quienes solo cambian de discurso cuando sienten amenazados sus intereses.





