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¿Por qué las iglesias cristianas no denuncian la lista Epstein?

El silencio de muchas iglesias no es neutral ni casual. Es parte de ese proyecto. Y mientras no lo enfrenten con honestidad, su prédica moral seguirá sonando vacía, hipócrita y profundamente contradictoria.

La pregunta sobre por qué muchas iglesias cristianas guardan silencio ante las revelaciones asociadas al caso Epstein no es menor ni superficial.

No se trata solo de la ausencia de un pronunciamiento puntual, sino de una coherencia moral que parece quebrarse cuando los crímenes señalados involucran a sectores de poder económico, político y geopolítico con los que históricamente han comulgado.

El contraste es evidente

Mientras se movilizan con furia moral contra el derecho de las mujeres a decidir sobre su cuerpo, contra las identidades de género diversas o contra las familias no tradicionales, la indignación desaparece cuando las denuncias apuntan a redes de abuso sexual que rozan a las élites globales.

Esto obliga a preguntarse

¿Qué Dios, qué Patria y qué familia defienden realmente? Si la defensa de “los valores” fuese sincera, el abuso sistemático de menores debería provocar una condena inmediata, clara y sin matices.

Sin embargo, el silencio —o la minimización— sugiere que la moral que predican no es universal, sino selectiva. Una moral que castiga a los cuerpos disidentes y a los pobres, pero que se vuelve indulgente cuando los acusados pertenecen a círculos de poder.

Cristianos neoliberales rentistas

No es nuevo que amplios sectores del cristianismo institucional se alineen con proyectos políticos autoritarios y de ultraderecha.

En América Latina y en otras regiones, detrás de líderes homofóbicos, racistas, negacionistas del cambio climático, promotores de guerras y defensores de políticas neoliberales que empobrecen a las mayorías, suele aparecer una fila ordenada de iglesias bendiciendo sus discursos.

Esa alianza no es solo ideológica: es estratégica.

Comparte una visión del orden social donde la desigualdad se naturaliza, la obediencia se sacraliza y la violencia se justifica en nombre de un supuesto bien mayor.

Por eso no sorprende que los mismos que oran antes de bombardear pueblos o de invadir países guarden silencio ante escándalos que revelan la podredumbre moral de las élites a las que sirven.

La pregunta incómoda emerge sola

¿Acaso su idea de libertad es la impunidad de los poderosos?, ¿acaso su noción de Patria consiste en servir dócilmente a quienes concentran la riqueza y el poder?, ¿acaso sus “valores familiares” pueden convivir con la pederastia cuando esta no amenaza su proyecto político?

El problema, entonces, trasciende el horror del abuso sexual.

Lo que se pone en evidencia es un entramado político, económico y cultural que utiliza la religión como herramienta de control y legitimación.

Un proyecto de dominación que en Colombia, en América Latina y en el mundo ha perseguido, criminalizado y eliminado a líderes sociales y políticos de izquierda, mientras acusa de “dictadores” a quienes se atrevieron a desafiar sus intereses.

El silencio de muchas iglesias no es neutral ni casual.

Es parte de ese proyecto. Y mientras no lo enfrenten con honestidad, su prédica moral seguirá sonando vacía, hipócrita y profundamente contradictoria.


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